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Author Information: Nuria Anaya-Reig, Universidad Rey Juan Carlos, nuria.anaya@urjc.es

Anaya-Reig, Nuria. “Teorías Implícitas del Investigador: Un Campo por Explorar Desde la Psicología de la Ciencia.” Social Epistemology Review and Reply Collective 7, no. 11 (2018): 36-41.

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This article is a Spanish-language version of Nuria Anaya-Reig’s earlier contribution, written by the author herself:

Anaya-Reig, Nuria. “Implicit Theories Influencing Researchers: A Field for the Psychology of Science to Explore.” Social Epistemology Review and Reply Collective 7, no. 11 (2018): 25-30.

¿Qué concepciones tienen los investigadores sobre las características que debe reunir un estudiante para ser considerado un potencial buen científico? ¿En qué medida influyen esas creencias en la selección de candidatos? Estas son las preguntas fundamentales que laten en el trabajo de Caitlin Donahue Wylie (2018). Mediante un estudio cualitativo de tipo etnográfico, se entrevista a dos profesores de ingeniería en calidad de investigadores principales (IP) y a estudiantes de sendos grupos de doctorado, la mayoría graduados, como investigadores noveles. En total, la muestra es de 27 personas.

Los resultados apuntan a que, entre este tipo de investigadores, es común creer que el interés, la asertividad y el entusiasmo por lo que se estudia son indicadores de un futuro buen investigador. Además, los entrevistados consideran que el entusiasmo está relacionado con el deseo de aprender y la ética en el trabajo. Finalmente, se sugiere una posible exclusión no intencional en la selección de investigadores a causa de la aplicación involuntaria de sesgos por parte del IP, relativa a la preferencia de características propias de grupos mayoritarios (tales como etnia, religión o sexo), y se proponen algunas ideas para ayudar a minimizarlos.

Teorías Implícitas en los Sótanos de la Investigación

En esencia, el trabajo de Wylie (2018) muestra que el proceso de selección de nuevos investigadores por parte de científicos experimentados se basa en teorías implícitas. Quizás a simple vista puede parecer una aportación modesta, pero la médula del trabajo es sustanciosa y no carece de interés para la Psicología de la Ciencia, al menos por tres razones.

Para empezar, porque estudiar tales cuestiones constituye otra forma de aproximarse a la compresión de la psique científica desde un ángulo distinto, ya que estudiar la psicología del científico es uno de los ámbitos de estudio centrales de esta subdisciplina (Feist 2006). En segundo término, porque, aunque la pregunta de investigación se ocupa de una cuestión bien conocida por la Psicología social y, en consecuencia, aunque los resultados del estudio sean bastante previsibles, no dejan de ser nuevos datos y, por tanto, valiosos, que enriquecen el conocimiento teórico sobre las ideas implícitas: es básico en ciencia, y propio del razonamiento científico, diferenciar teorías de pruebas (Feist 2006).

En último lugar, porque la Psicología de la Ciencia, en su vertiente aplicada, no puede ignorar el hecho de que las creencias implícitas de los científicos, si son erróneas, pueden tener su consiguiente reflejo negativo en la población de investigadores actual y futura (Wylie 2018).

Ya Santiago Ramón y Cajal, en su faceta como psicólogo de la ciencia (Anaya-Reig and Romo 2017), reflexionaba sobre este asunto hace más de un siglo. En el capítulo IX, “El investigador como maestro”, de su obra Reglas y consejos sobre investigación científica (1920) apuntaba:

¿Qué signos denuncian el talento creador y la vocación inquebrantable por la indagación científica?

Problema grave, capitalísimo, sobre el cual han discurrido altos pensadores e insignes pedagogos, sin llegar a normas definitivas. La dificultad sube de punto considerando que no basta encontrar entendimientos perspicaces y aptos para las pesquisas de laboratorio sino conquistarlos definitivamente para el culto de la verdad original.

Los futuros sabios, blanco de nuestros desvelos educadores, ¿se encuentran por ventura entre los discípulos más serios y aplicados, acaparadores de premios y triunfadores en oposiciones?

Algunas veces, sí, pero no siempre. Si la regla fuera infalible, fácil resultara la tarea del profesor, bastaríale dirigirse a los premios extraordinarios de la licenciatura y a los números primeros de las oposiciones a cátedras. Mas la realidad se complace a menudo en burlar previsiones y malograr esperanzas. (Ramón y Cajal 1920, 221-222)

A Vueltas con las Teorías Implícitas

Recordemos brevemente que las teorías ingenuas o implícitas son creencias estables y organizadas que las personas hemos elaborado intuitivamente, sin el rigor del método científico. La mayoría de las veces se accede a su contenido con mucha dificultad, ya que la gente desconoce que las tiene, de ahí su nombre. Este hecho no solo dificulta una modificación del pensamiento, sino que lleva a buscar datos que confirmen lo que se piensa, es decir, a cometer sesgos confirmatorios (Romo 1997).

Las personas vamos identificando y organizando las regularidades del entorno gracias al aprendizaje implícito o incidental, basado en el aprendizaje asociativo, pues necesitamos adaptarnos a las distintas situaciones a las que nos enfrentamos. Elaboramos teorías ingenuas que nos ayuden a comprender, anticipar y manejar de la mejor manera posible las variadas circunstancias que nos rodean. Vivimos rodeados de una cantidad de información tan abrumadora, que elaborar teorías implícitas, aprendiendo qué elementos tienden a presentarse juntos, constituye una forma muy eficaz de hacer el mundo mucho más predecible y controlable, lo que, naturalmente, incluye el comportamiento humano.

De hecho, el contenido de las teorías implícitas es fundamentalmente de naturaleza social (Wegner and Vallacher 1977), como muestra el hecho de que buena parte de ellas pueden agruparse dentro las llamadas Teorías Implícitas de la Personalidad (TIP), categoría a la que, por cierto, bien pueden adscribirse las creencias de los investigadores que nos ocupan.

Las TIP se llaman así porque su contenido versa básicamente sobre cualidades personales o rasgos de personalidad y son, por definición, idiosincráticas, si bien suele existir cierta coincidencia entre los miembros de un mismo grupo social.

Entendidas de modo amplio, pueden definirse como aquellas creencias que cada persona tiene sobre el ser humano en general; por ejemplo, pensar que el hombre es bueno por naturaleza o todo lo contrario. En su acepción específica, las TIP se refieren a las creencias que tenemos sobre las características personales que suelen presentarse juntas en gente concreta. Por ejemplo, con frecuencia presuponemos que un escritor tiene que ser una persona culta, sensible y bohemia (Moya 1996).

Conviene notar también que las teorías implícitas se caracterizan frente a las científicas por ser incoherentes y específicas, por basarse en una causalidad lineal y simple, por componerse de ideas habitualmente poco interconectadas, por buscar solo la verificación y la utilidad. Sin embargo, no tienen por qué ser necesariamente erróneas ni inservibles (Pozo, Rey, Sanz and Limón 1992). Aunque las teorías implícitas tengan una capacidad explicativa limitada, sí tienen capacidad descriptiva y predictiva (Pozo Municio 1996).

Algunas Reflexiones Sobre el Tema

Científicos guiándose por intuiciones, ¿cómo es posible? Pero, ¿por qué no? ¿Por qué los investigadores habrían de comportarse de un modo distinto al de otras personas en los procesos de selección? Se comportan como lo hacemos todos habitualmente en nuestra vida cotidiana con respecto a los más variados asuntos. Otra manera de proceder resultaría para cualquiera no solo poco rentable, en términos cognitivos, sino costoso y agotador.

A fin de cuentas, los investigadores, por muy científicos que sean, no dejan de ser personas y, como tales, buscan intuitivamente respuestas a problemas que, si bien condicionan de modo determinante los resultados de su labor, no son el objeto en sí mismo de su trabajo.

Por otra parte, tampoco debe sorprender que diferentes investigadores, poco o muy experimentados, compartan idénticas creencias, especialmente si pertenecen al mismo ámbito, pues, según se ha apuntado, aunque las teorías implícitas se manifiestan en opiniones o expectativas personales, parte de su contenido tácito es compartido por numerosas personas (Runco 2011).

Todo esto lleva, a su vez, a hacer algunas otras observaciones sobre el trabajo de Wylie (2018). En primer lugar, tratándose de teorías implícitas, más que sugerir que los investigadores pueden estar guiando su selección por un sesgo perceptivo, habría que afirmarlo. Como se ha apuntado, las teorías implícitas operan con sesgos confirmatorios que, de hecho, van robusteciendo sus contenidos.

Otra cuestión es preguntarse con qué guarda relación dicho sesgo: Wylie (2018) sugiere que está relacionado con una posible preferencia por las características propias de los grupos mayoritarios a los que pertenecen los IP basándose en algunos estudios que han mostrado que en ciencia e ingeniería predominan hombres, de raza blanca y de clase media, lo que puede contribuir a recibir mal a aquellos estudiantes que no se ajusten a estos estándares o que incluso ellos mismos abandonen por no sentirse cómodos.

Sin duda, esa es una posible interpretación; pero otra es que el sesgo confirmatorio que muestran estos ingenieros podría deberse a que han observado esos rasgos las personas que han  llegado a ser buenas en su disciplina, en lugar de estar relacionado con su preferencia por interactuar con personas que se parecen física o culturalmente a ellos.

Es oportuno señalar aquí nuevamente que las teorías implícitas no tienen por qué ser necesariamente erróneas, ni inservibles (Pozo, Rey, Sanz and Limón 1992). Es lo que ocurre con parte de las creencias que muestra este grupo de investigadores: ¿acaso los científicos, en especial los mejores, no son apasionados de su trabajo?, ¿no dedican muchas horas y mucho esfuerzo a sacarlo adelante?, ¿no son asertivos? La investigación ha establecido firmemente (Romo 2008) que todos los científicos creativos muestran sin excepción altas dosis de motivación intrínseca por la labor que realizan.

Del mismo modo, desde Hayes (1981) sabemos que se precisa una media de 10 años para dominar una disciplina y lograr algo extraordinario. También se ha observado que muestran una gran autoconfianza y que son espacialmente arrogantes y hostiles. Es más, se sabe que los científicos, en comparación con los no científicos, no solo son más asertivos, sino más dominantes, más seguros de sí mismos, más autónomos e incluso más hostiles (Feist 2006). Varios trabajos, por ejemplo, el de Feist y Gorman (1998), han concluido que existen diferencias en los rasgos de personalidad entre científicos y no científicos.

Pero, por otro lado, esto tampoco significa que las concepciones implícitas de la gente sean necesariamente acertadas. De hecho, muchas veces son erróneas. Un buen ejemplo de ello es la creencia que guía a los investigadores principales estudiados por Wylie para seleccionar a los graduados en relación con sus calificaciones académicas. Aunque dicen que las notas son un indicador insuficiente, a continuación matizan su afirmación: “They believe students’ demonstrated willingness to learn is more important, though they also want students who are ‘bright’ and achieve some ‘academic success.’” (2018, 4).

Sin embargo, la evidencia empírica muestra que ni las puntuaciones altas en grados ni en pruebas de aptitud predicen necesariamente el éxito en carreras científicas (Feist 2006) y que el genio creativo no está tampoco necesariamente asociado con el rendimiento escolar extraordinario y, lo que es más, numerosos genios han sido estudiantes mediocres (Simonton 2006).

Conclusión

La Psicología de la Ciencia va acumulando datos para orientar en la selección de posibles buenos investigadores a los científicos interesados: véanse, por ejemplo, Feist (2006) o Anaya-Reig (2018). Pero, ciertamente, a nivel práctico, estos conocimientos serán poco útiles si aquellos que más partido pueden sacarles siguen anclados a creencias que pueden ser erróneas.

Por tanto, resulta de interés seguir explorando las teorías implícitas de los investigadores en sus diferentes disciplinas. Su explicitación es imprescindible como paso inicial, tanto para la Psicología de la Ciencia si pretende que ese conocimiento cierto acumulado tenga repercusiones reales en los laboratorios y otros centros de investigación, como para aquellos científicos que deseen adquirir un conocimiento riguroso sobre las cualidades propias del buen investigador.

Todo ello teniendo muy presente que la naturaleza implícita de las creencias personales dificulta el proceso, porque, como se ha señalado, supone que el sujeto entrevistado desconoce a menudo que las posee (Pozo, Rey, Sanz and Limón 1992), y que su modificación requiere, además, un cambio de naturaleza conceptual o representacional (Pozo, Scheuer, Mateos Sanz and Pérez Echeverría 2006).

Por último, tal vez no sea razonable promover entre todos los universitarios de manera general ciertas habilidades, sin tener en consideración que reúnen determinados atributos. Por obvio que sea, hay que recordar que los recursos educativos, como los de cualquier tipo, son necesariamente limitados. Si, además, sabemos que solo un 2% de las personas se dedican a la ciencia (Feist 2006), quizás valga más la pena poner el esfuerzo en mejorar la capacidad de identificar con tino a aquellos que potencialmente son válidos. Otra cosa sería como tratar de entrenar para cantar ópera a una persona que no tiene cualidades vocales en absoluto.

Contact details: nuria.anaya@urjc.es

References

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Runco, M. 2011. “Implicit theories.” In Encyclopaedia of Creativity, edited by M. Runco and S. R. Pritzker, 644-646. 2nd ed. Elsevier.

Simonton, D. K. 2006. “Creative genius, Knowledge, and Reason. The Lives and Works of Eminents Creators.” In Creativity and reason in cognitive development, edited by J. C. Kaufman and J. Baer, 43-59. New York, NY: Cambridge University Press.

Wegner, D. M., and R. R, Vallacher. 1977. Implicit Psychology. An introduction to Social Cognition. New York, NY: Oxford University Press.

Wylie, C. D. 2018. “‘I Just Love Research’: Beliefs About What Makes Researchers Successful.” Social Epistemology 32 (4): 262-271, doi: 10.1080/02691728.2018.1458349.

Author Information: Nuria Anaya-Reig, Rey Juan Carlos University, nuria.anaya@urjc.es.

Anaya-Reig, Nuria. “Implicit Theories Influencing Researchers: A Field for the Psychology of Science to Explore.” Social Epistemology Review and Reply Collective 7, no. 11 (2018): 25-30.

The pdf of the article gives specific page references. Shortlink: https://wp.me/p1Bfg0-42K

From the 2014 White House Science Fair.
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This essay is in reply to:

Wylie, C. D. 2018. “‘I Just Love Research’: Beliefs About What Makes Researchers Successful.” Social Epistemology 32 (4): 262-271, doi: 10.1080/02691728.2018.1458349.

What traits in a student do researchers believe characterize a good future scientist? To what degree do these beliefs influence the selection of candidates? These are fundamental questions that resonate in the work of Caitlin Donahue Wylie (2018). As part of a qualitative ethnographic study, an interview was given to two engineering professors working as principal investigators (PIs), as well as to their respective groups of graduate students, most of whom were already working as new researchers. The total sample consisted of 27 people.

Results indicate that, among this class of researchers, interest, assertiveness, and enthusiasm for one’s own field of study are commonly regarded as key signs of a good future researcher. Moreover, the interviewees believe enthusiasm to be related to a desire to learn and a strong work ethic. Lastly, the research suggests that possible, unintentional exclusions may occur during candidate selection due to biases on the part of the PIs, reflecting preferences for features belonging to majority groups (such as ethnicity, religion and gender). This essay offers some ideas that may help minimize such biases.

Implicit Theories Undergirding Research

Essentially, the work of Wylie (2018) demonstrates that experienced scientists base their selection process for new researchers on implicit theories. While this may at first appear to be a rather modest contribution, the core of Wylie’s research is substantial and of great relevance to the psychology of science for at least three reasons.

First, studying such matters offers different angle from which to investigate and attempt to understand the scientific psyche: studying the psychology of scientists is one of the central areas of research in this subdiscipline (Feist 2006). Second, although the research question addresses a well-known issue in social psychology and the results of the study are thus quite predictable, the latter nevertheless constitute new data and are therefore valuable in their own right. Indeed, they enrich theoretical knowledge about implicit ideas given that, in science and scientific reasoning, it is essential to differentiate between tests and theories (Feist 2006).

Finally, because in the way it is currently being applied, the psychology of science cannot turn a blind eye to the fact that if scientists’ implicit beliefs are mistaken, those beliefs may have negative repercussions for the population of current and future researchers (Wylie 2018).

In his role as psychologist of science (Anaya-Reig and Romo 2017), Ramón y Cajal mused upon this issue over a century ago. In “The Investigator as Teacher,” chapter IX of his work Reglas y consejos sobre investigación científica (1920), he noted:

¿Qué signos denuncian el talento creador y la vocación inquebrantable por la indagación científica?

[What signs identify creative talent and an irrevocable calling for scientific research?]

Problema grave, capitalísimo, sobre el cual han discurrido altos pensadores e insignes pedagogos, sin llegar a normas definitivas. La dificultad sube de punto considerando que no basta encontrar entendimientos perspicaces y aptos para las pesquisas de laboratorio sino conquistarlos definitivamente para el culto de la verdad original.

[This serious and fundamentally important question has been discussed at length by deep thinkers and noted teachers, without coming to any real conclusions. The problem is even more difficult when taking into account the fact that it is not enough to find capable and clear-sighted and capable minds for laboratory research; they must also be genuine converts to the worship of original data.]

Los futuros sabios, blanco de nuestros desvelos educadores, ¿se encuentran por ventura entre los discípulos más serios y aplicados, acaparadores de premios y triunfadores en oposiciones?

[Are future scientists—the goal of our educational vigilance—found by chance among the most serious students who work diligently, those who win prizes and competitions?]

Algunas veces, sí, pero no siempre. Si la regla fuera infalible, fácil resultara la tarea del profesor, bastaríale dirigirse a los premios extraordinarios de la licenciatura y a los números primeros de las oposiciones a cátedras. Mas la realidad se complace a menudo en burlar previsiones y malograr esperanzas. (Ramón y Cajal 1920, 221-222)

[Sometimes, but not always. If the rule were infallible, the teacher’s work would be easy. He could simply focus his efforts on the outstanding prizewinners among the degree candidates, and on those at the top of the list in professional competitions. But reality often takes pleasure in laughing at predictions and in blasting hopes. (Ramón y Cajal 1999, 141)]

Returning to Implicit Theories

Let us briefly recall that naïve or implicit theories are stable and organized beliefs that people have formed intuitively, without the rigor of the scientific method; their content can be accessed only with great difficulty, given that people are unaware that they have them. This makes not only modifying them difficult but also leads those who possess them to search for facts that confirm what they already believe or, in other words, to fall prey to confirmation bias (Romo 1997).

People tend to identify and organize regularities in their environment thanks to implicit or incidental learning, which is based on associative learning, due to the need to adapt to the varying situations with which we are faced. We formulate naïve theories that help us comprehend, anticipate and deal with the disparate situations confronting us in the best way possible. Indeed, we are surrounded by a such an overwhelming amount of information that formulating implicit theories, learning which things seem to appear together at the same time, is a very effective way of making the world more predictable and controllable.

Naturally, human behavior is no exception to this rule. In fact, the content of implicit theories is fundamentally of a social nature (Wegner and Vallacher 1977), as is revealed by the fact that a good portion of such theories take the form of so-called Implicit Personality Theories (IPT), a category to which the beliefs of the researchers under consideration here also belong.

IPTs get their name because their content consists of personal qualities or personality traits. They are idiosyncratic, even if there indeed are certain coincidences among members of the same social group.

Understood broadly, IPTs can be defined as those beliefs that everyone has about human beings in general; for example, that man is by nature good, or just the opposite. Defined more precisely, IPTs refer to those beliefs that we have about the personal characteristics of specific types of people. For example, we frequently assume that a writer need be a cultured, sensitive and bohemian sort of person (Moya 1996).

It should be noted that implicit theories, in contrast to those of a scientific nature, are also characterized by their specificity and incoherence, given that they are based on simple, linear coincidences, are composed of ideas that are habitually interconnected, and seek only verification and utility. Still, this does not necessarily mean that such ideas are necessarily mistaken or useless (Pozo, Rey, Sanz and Limón 1992). Although implicit theories have a limited explanatory power, they do have descriptive and predictive capacities (Pozo Municio 1996).

Some Reflections on the Subject

Scientists being led by their intuitions…what is going on? Then again, what is wrong with that? Why must researchers behave differently from other people when engaged in selection processes? Scientists behave as we all do in our daily lives when it comes to all sorts of things. Any other way of proceeding would not just be unprofitable but also would be, in cognitive terms, costly and exhausting.

All things considered, researchers, no matter how rigorously scientific they may be, are still people and as such intuitively seek out answers to problems which influence their labor in specific ways while not in themselves being the goal of their work.

Moreover, we should not be surprised either when different researchers, whether novice or seasoned, share identical beliefs, especially if they work within the same field, since, as noted above, although implicit theories reveal themselves in opinions or personal expectations, part of their tacit content is shared by many people (Runco 2011).

The above leads one, in turn, to make further observations about the work of Wylie (2018). In the first place, as for implicit theories, rather than simply suggesting that researchers’ selections may be guided by a perceptual bias, it must be affirmed that this indeed is the case. As has been noted, implicit theories operate with confirmation biases which in fact reinforce their content.

Another matter is what sorts of biases these are: Wylie (2018) suggests that they often take the form of a possible preference for certain features that are characteristic of the majority groups to which the PIs belong, a conclusion based on several studies showing that white, middle-class men predominate in the fields of science and engineering, which may cause them to react poorly to students who do not meet those standards and indeed may even lead to the latter giving up because of the discomfort they feel in such environments.

This is certainly one possible interpretation; another is that the confirmation bias exhibited by these researchers might arise because they have observed such traits in people who have achieved excellence in their field and therefore may not, in fact, be the result of a preference for interacting with people who resemble them physical or culturally.

It is worth noting here that implicit theories need not be mistaken or useless (Pozo, Rey, Sanz and Limón 1992). Indeed, this is certainly true for the beliefs held by the group of researchers. Aren’t scientists, especially the best among them, passionate about their work? Do they not dedicate many hours to it and put a great deal of effort into carrying it out? Are they not assertive? Research has conclusively shown (Romo 2008) that all creative scientists, without exception, exhibit high levels of intrinsic motivation when it comes to the work that they do.

Similarly, since Hayes (1981) we have known that it takes an average of ten years to master a discipline and achieve something notable within it. It has also been observed that researchers exhibit high levels of self-confidence and tend to be arrogant and aggressive. Indeed, it is known that scientists, as compared to non-scientists, are not only more assertive but also more domineering, more self-assured, more self-reliant and even more hostile (Feist 2006). Several studies, like that of Feist and Gorman (1998) for example, have concluded that there are differences in personality traits between scientists and non-scientists.

On the other hand, this does not mean that people’s implicit ideas are necessarily correct. In fact, they are often mistaken. A good example of this is one belief that guided those researchers studied by Wylie as they selected graduates according to their academic credentials. Although they claimed that grades were an insufficient indicator, they then went on to qualify that claim: “They believe students’ demonstrated willingness to learn is more important, though they also want students who are ‘bright’ and achieve some ‘academic success.’” (2018, 4).

However, the empirical evidence shows that neither high grades nor high scores on aptitude tests are reliable predictors of a successful scientific career (Feist 2006). The evidence also suggests that creative genius is not necessarily associated with academic performance. Indeed, many geniuses were mediocre students (Simonton 2006).

Conclusion

The psychology of science continues to amass data to help orient the selection of potentially good researchers for those scientists interested in recruiting them: see, for example Feist (2006) or Anaya-Reig (2018). At the practical level, however, this knowledge will be of little use if those who are best able to benefit from it continue to cling to beliefs that may be mistaken.

Therefore, it is of great interest to keep exploring the implicit theories held by researchers in different disciplines. Making them explicit is an essential first step both for the psychology of science, if that discipline’s body of knowledge is to have practical repercussions in laboratories as well as other research centers, as well as for those scientists who wish to acquire rigorous knowledge about what inherent qualities make a good researcher, all while keeping in mind that the implicit nature of personal beliefs makes such a process difficult.

As noted above, subjects who are interviewed are often unaware that they possess them (Pozo, Rey, Sanz and Limón 1992). Moreover, modifying them requires a change of a conceptual or representational nature (Pozo, Scheuer, Mateos Sanz and Pérez Echeverría 2006).

Lastly, it may perhaps be unreasonable to promote certain skills among university students in general without considering the aptitudes necessary for acquiring them. Although it may be obvious, it should be remembered that educational resources, like those of all types, are necessarily limited. Since we know that only 2% of the population devotes itself to science (Feist 2006), it may very well be more worthwhile to work on improving our ability to target those students who have potential. Anything else would be like trying to train a person who has no vocal talent whatsoever to sing opera.

Contact details: nuria.anaya@urjc.es

References

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